Quiero presentar a Rosario (La sirena) una pintura que terminé hace no más de 3 meses. 

Rosario es en este instante de mi vida la simbolización perfecta de lo importante que es cuidar mi salud, sobre todo mi corazón. Lo mucho que me gusta escucharlo latir, aunque a veces crea que ya no quiero reconciliarme con la vida. Lo bonito que se siente cuando está enamorado, lo triste que ha estado cuando lo han decepcionado. Lo valioso que es no llenarlo de preocupaciones, y sobre todo enseñarle a no odiar, porque hace que derrame chorros de pintura que no debería desperdiciar.

A mi corazón, le dedico esta pintura. Le ofrezco la pecera protectora que fácilmente construyó mi mente, le prometo cuidarlo hoy y siempre, le dedico unos instantes para agradecerle por seguir latiendo aunque no le haya dedicado el amor suficiente. El organo más importante de nuestro cuerpo, merece que lo respeten.

No esperemos a que falle para recordarnos que aún existe.


Te recuerdo ajeno a todo lo que considero bueno, pero a la vez te recuerdo tan cercano a lo que siempre he querido que llene los espacios, los rincones, impregnados con ese aroma a café recién colado, y tu presencia, esa que me alegra, me da ganas de saltar mientras río como tonta. Mientras respiras...y suspiras, y al instante se desvanece todo con la brisa, entonces despierto, vuelve a reiniciarse todo de nuevo.

 Te extraño, solo eso.


 Cuando tenia quince años, consideraba en secreto que mi mayor miedo en mi actual vida era sufrir algún trastorno o enfermedad relacionada a mi mente y mi memoria. Me hacía sentir un vacio interno llegar a edad avanzada y olvidar todo aquello que durante una vida entera fuí construyendo.

Hace poco, muy recién,  descrubí que hay un nuevo miedo que superó al joven quinceañero. No quiero ser una hija de puta. Eso pensé. Y me hizo sentir miedo, uno mayor que el que siente alguien diagnosticado con alzhaimer. No quiero ser importante mientras denigro a segundos y terceros, no quiero crecer mientras aplasto a quienes apenas inician, no quiero proyectarme como alguien que no soy para seguir luciendo como yo misma ante los demás. No quiero lastimar a nadie para conseguir alcanzar lugares altos al final de la fila. No quiero fingir que soy amiga de todos, cuando internamente los considero nadie. No quiero sentirme buena persona, cuando sé que en realidad tengo sentimientos contrarios. No quiero caerle bonito a la gente, para ser reconocida en cada esquina. Me provoca vomitar cuando lo escribo, porque no quiero perderme a mi misma.

Y por eso escribo.
Escribo para no olvidarme.
Fotografía: Antonella Burton


Juzgamos mal:

Al que habla de más emocionado, mientras yo solo busco un poco de silencio.
Al que parece ser un idealista de grandes ideas, y es solo un doble moralista.
Al que habla poco, pero tiene un corazón de oro.
Al que parece sobrio y serio, pero es un sentimentalista genuino.
Al que sabe mucho, pero enseña muy poco.
A los nuevos miembros del camino, los que aún desconozco.
A los amigos de enemigos, que terminan siendo mi todo.  
A los amigos de amigos, que terminan también siendo los míos. 
A los lujos del entorno, que terminan convitiendonos en ogros.
A mi misma ante todo, por no confíar en mi persona tanto como he confiado en otros.


   Eran los domingos los días flojos llenos del cansancio juvenil. Eran mis domingos los atardeceres rosas mientras pintaba en una mesa muy incomoda. Era el ruidoso silencio extremo que hacía presencia de que era un domingo espeso, de esos donde mi gata duerme todo el día y solo escucho un carro pasar cada cierto tiempo por la avenida. Era otro domingo más donde no sé si ya pasó lo malo o sigue estando en el presente. No era otro domingo común y corriente. Ya no era ni siquiera un domingo ajeno al presente, era el mismo domingo de siempre lleno de tristeza incomoda haciéndose paso de nuevo en mi presente.

Si escribir nos ayuda a sacarnos toda la mierda ¿por qué no hacerlo más  seguido?

 Atardeceres en Lima.